Lalibela

En el vientre de Lalibela

se acuesta el magma dormido

semeja un lomo, una arteria terrestre horadada mil veces

para desentrañar su alma roja

roja como el sorgo viejo,

sus nubes son de incienso y su latido el de cien báculos golpeando las mismas piedras gastadas.

Sobre ella caminan las túnicas blancas,

el algodón crudo entre los dedos

el pan ácimo entre los dientes y el ronco vibrar de la salmodia desde la cueva.

 

Hay cientos de años de reposo y oración bajo estas rocas,

miles de manos muertas honrando su templo

con tierra, sangre y flores

perpetuando un rito tan antiguo como eterno.

El norte es poniente, el pálpito el cuero hondo

y la llanura extendida como una cifra universal

nos arrastra al olvido entre sonajas y rudas mechas brindando al ocaso,

lamentos de la negritud sembrando los oídos.

 

Un nuevo amanecer sobre la montaña,

la luz se estira y los monjes se encogen en los rincones

sentados en el silencio.

Las sombras trazan biseles tendidos entre los túneles,

parecen cortar el mineral con la limpieza de un hilo

mientras el horizonte no ofrece nada que ambicionar

mas que otro día.

El canto se eleva sin peso

como cada mañana, como cada siglo

envuelve a los hombres iguales para editar su fuerza perenne.

la piel se acuna en la lava, los ojos en las formas

las manos se ofrecen para aprender a olvidar y a nacer de nuevo en Lalibela.

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