La tribu del omóplato seco

Julio esperaba su mes homónimo con la misma impaciencia cada año. La ansiedad por su llegada parecía renovarse a la sombra de un invierno lo suficientemente largo para que el tiempo abriera páginas en blanco.

Páginas donde dibujar elegantes terrazas y escenarios propicios para el encuentro o en su defecto el reencuentro, en un estío que las flores y el corte inglés anticipaban y en su mente todavía parecía remitir al petardeo de las vespas y a polos de colores chillones bajo los rizos quemados por la salitre. La adolescencia y sus callejones inesperados reverdecían sin duda con el tibio bullicio que adornaba las calles. Julio era un abogado cuarentón que había heredado la buena planta de su familia materna y el renombre de su padre en la ciudad, lo cual favorecía el crecimiento y estabilidad de su clientela. La apertura de un bufete bajo su apellido y la contratación de tres jóvenes recién licenciados le permitía desahogar su tiempo y dedicarse a su verdadera pasión, cultivar su rol dentro del circo social del que formaba parte desde sus primeros recuerdos en el club de campo.

La memoria es un arma difícil de manejar, parece condenarnos a sostener algo que quizá hemos dejado de ser. En el caso del abogado, su leyenda de conquistador juvenil le precedía y generaba una expectativa en los demás de la que no podía huir. Su renuencia a ponerse un anillo y tener una fila de hijos lustrosos, y su alergia a las relaciones duraderas que comprometieran su libertad, le habían distanciado de muchos de su generación haciendo que de cuando en cuando se cuestionara la validez de su camino. Pero el tiempo ahora parecía jugar a su favor: una pléyade de divorciados lo buscaban para expiar sus culpas a golpe de gintonic.

Su espacio era sagrado, o eso decía a todo el mundo anticipándose a veces a la pregunta, dibujando una máscara de autosuficiencia asociada al éxito que consideraba síntoma de fortaleza. Se le antojaba imposible que alguien pudiera invadir esa zona de confort, un ático de casi 200 metros cuadrados donde la terraza aguardaba al verano para vestirse y ser protagonista en sus convites para despedir al sol.
Habiendo rebasado las bodas de plata de su coqueteo con la cocaína, se prometía periódicamente no volver a pecar (la memoria de sus sobremesas de bajón cauterizándose con sopas de sobre, ibuprofeno y pornografía pesaban sobre su conciencia). En la práctica, quince días de gimnasio, un bronceado impecable bajo su camisa italiana y un cóctel rodeado de ricos herederos con un buen trago y música envolvente, eran ingredientes propicios para retomar confidencias lineales, embadurnadas de una trascendencia química despreciable. El consuelo en soledad era recurrente, el insomnio se poblada de clichés acerca de la inalienable propiedad de lo ya bailado (aunque no se hayan movido los pies), de la cortedad de la vida o de los quince minutos de intensidad frente a los quince meses de tibieza. En el fondo todo se sustanciaba en el leitmotiv de la noche anterior: Se había hablado mucho, se había dicho poco.

Finalmente el inicio de semana acudía al rescate para lavarse, afeitarse y reactivar el lenguaje. Horas ligeras para superponer trámites, saludos protocolarios y quehaceres en los que la sociedad ponía su energía matinal y ofrecían al abogado un asiento dinámico para olvidar sus excesos. Entre el fantasma nevado asociado al silencio de los baños (el olor, el motor sordo de la ventilación, el rincón miserable donde lo horizontal pasa a longitudinal…) y el vértigo de un número de teléfono bailando sobre el tapón de la tercera cerveza, el pasado reciente se diluía bajo una sinfonía de voces colgadas de las agujas del reloj.

Pero llegaba el verano y la luz volvería a regalarle un espejismo de renovación y promesas de concordar con el mundo y consigo mismo. Esa posibilidad de armonía llegaría de la mano de un encuentro, de unos nuevos ojos donde poder reflejar su verdadero espíritu, de una mano femenina que lograra abrasar su coraza perfecta y alimentar una ilusión pasajera.

El abogado lo fiaba todo a esos dos meses estivales, es el momento de que pase algo, antes de que septiembre tiñese de melancolía una piel que iría perdiendo tonos al compás de unos atardeceres cada vez más precoces. Es verano, hay que aprovechar. Su memoria selectiva ayudada por los meses grises obviaba los sudores, los atascos, las montoneras de gente haciendo cola en los restaurantes, las sabanas pegadas de madrugada, el histerismo de los altavoces de la verbena una semana completa… había un punto de ansiedad en su expectativa, como si fuese el último. Y quizá fuese el último antes de que sus canas fueran demasiado evidentes, antes de que su espalda empezara a arquearse de modo inexorable, antes de que pasase cualquier cosa que le recordase continuamente que el calor era una excusa pueril para intentar olvidar el castillo que había construido a su alrededor.

Toda esa telaraña social de la que formaba parte se limitaba a juntarse para ver y ser visto en una pradera de vanidad donde los días se confundían entre sí en un intercambio verbal que daba la sensación de no avanzar, de repetirse en un remolino de palabras tan vacías como perfectas para ocultar la verdad y el miedo. El alcohol se ocupaba de mutar el refinamiento en embrutecimiento y lavar entre burbujas la envidia, el rencor, la burla y el deseo. El carnaval finalmente cumplía su cometido igualando a las bestias.

A la mañana siguiente imágenes inconexas, frases desdentadas y silencio. Unos días más tarde Julio trazaría un puente hasta la próxima fecha del calendario, hasta el próximo compromiso de la manada; entretanto un trabajo que no le aportaba nada más que horario y orden, una familia de ritmos relajados y constantes en su contacto y frente al televisor silencio. Ronquidos solitarios de guasap y silencio…. Había que reconocer que estos intercambios virtuales vía teléfono permitían, además de una cierta creatividad en la alternancia – ágil o pausada – entre ser emisor o receptor, la posibilidad de esconder la voz, el tono, el esfuerzo actoral que nos identifica.

Qué tal el fin de semana, le han solicitado un resumen al llegar al despacho. Movidito, no está mal como síntesis certera y hueca. Más tarde quizá se explaye con su secretaria (sus colaboradores saben demasiado sobre la salsa social en la que se mueve como para dar detalles), una venezolana gruesa y afable con la que se relaja sin saber por qué mientras la escucha hablar de cualquier cosa sin peso aparente. Es como si bajara sus defensas y estuviera en la cocina despeinado hablando de lo bueno que ha salido el pan esa mañana. Frases triviales en las que no está comprometida esa máscara brillante que va horadando sus hombros. Es imposible estar todo el día en el salón, la delicadeza del perfume ya no se percibe y lo extraordinario se degrada por acumulación. Salió a dar una vuelta. Era agotador, Julio estaba metido en una batalla absurda donde la novedad, el hallazgo, lo reseñable tenía que llevar un apellido de record en guguel, en la magnitud de su factura o en el escarnio de los ausentes y así exacerbar un poco más la distancia con uno mismo. Las variables parecen desafiar a las galaxias, la caída del güifi un agujero negro. El abogado estaba redondeando las causas de su hartazgo pero algo le distrajo (posiblemente una mirada sobre él), era muy complicado no tropezar con alguna cara conocida. A lo lejos identificó a una pandilla de amigos, ya le habían visto. Se fue aproximando de manera pausada, la imagen era curiosa, parecían un grupo de tullidos excitados gesticulando con un brazo. El otro se aferraba al móvil.

Ya se quemó San Juan y el abogado deambula por el bulevar con sus pantalones rojos escudriñando el efecto que producen en los demás. Me he pasao, con tres lavados relucirán un poco menos. Su secretaria – de modo discreto – le ha llamado gallito al llegar. Después de unos instantes de titubeo en los que se siente ridículo, sonríe abiertamente desarmado por la picardía y naturalidad de su gesto. Reconoce la necesidad de reírse de uno mismo y por un momento le asaltan las ganas de invitarla a cenar esa noche. Destierra esa posibilidad de inmediato.

La carga de trabajo se relaja a partir de ahora, es una mentira recurrente pero cierta al fin y al cabo, llega julio y es una buena excusa para largarse a la playa sin mirar atrás. El jueves estrenan la temporada de conciertos en el náutico y ya está llegando la gente de fuera. Seguro que esos pañuelos tan luminosos de Marruecos lucen mucho más con un bronceado potente. Además con este día, más de uno se dará una escapadita después, a ver la puesta. El abogado se sentó en la arena lejos de la orilla, muy poblada últimamente de adolescentes ruidosos haciendo chorradas. Sacó sus cosas, el sol estallaba en el aire fresco de norte. Se colocó los cascos y se aplicó crema hasta donde pudo. Echó de menos una mano para cubrir esos espacios inaccesibles de su espalda (sobre todo el lado izquierdo, el hombro diestro, más fuerte, se dobla menos).

La música de siempre se repetía en sus sienes a todo volumen mientras las olas caían desordenadas, fuera de ritmo. Una zarpa helada le contrajo el estómago. En ese momento le hubiera gustado tener ojos en el cogote. Delante de él, otras personas acompañadas también por la música contemplaban el mar. En sus espaldas también había una mancha seca, un espacio sin cubrir. No había duda. Era la sombra del corazón.

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