Toda Vía

El viudo deambula por el parque al ritmo que le permiten sus piernas de anciano. Nadie repara en él en mitad de la explosión estival que vigoriza la naturaleza sin excepción. Los árboles han vestido sus esqueletos al cielo con trajes esponjosos y la gente ha hecho lo mismo cubriendo sus pieles con un abanico de colores alegres y chillantes. Las mujeres ajustan sus carnes, los hombres sus músculos y el viejo sólo tiene huesos para mostrar, por lo tanto mantiene su discreta gama gris y marrón en tallas holgadas, un espectro impalpable en esa fiesta de los sentidos. Nadie lo busca con la mirada, su rostro de cuero, su cabello apagado no reviste interés en esa tarde de junio.

Quizá por eso puede observar con desapego a los jóvenes corriendo sin parar, luchando contra la gravedad, luchando contra el reloj, contra los demás, luchando por rozar la inmortalidad del héroe. Aunque nadie le pregunte el abuelo también obedeció a sus músculos y quizá también fue dios por un día, por una semana; quizá por eso los espera en su banco de metal sintiendo su galope, sus bufidos, sus exclamaciones como poseedores únicos de la vida, intentando sujetar su soberbia por las crines. Él se sujeta sus rodillas temblorosas y repara en aquel cúmulo de pisadas sobre las que se vuelven a marcar otras incesantemente. Casi puede escuchar el candor de esos corazones batiendo en el pecho, soñando con romper cintas de llegada jaleados por la multitud.

El sendero de la ribera remonta el rio, manso y callado, imperceptible para las jóvenes parejas que se encuentran en sus taludes, sus corazones también son presa de la agitación, del olor de la saliva. El viudo intenta no molestar pero aquellos cabellos brillantes, aquella piel encendida, aquel vello de estreno reclaman un lugar en la naturaleza y una justificación en el placer. Un día él también fue esclavo de las pasiones y por ellas vivió pasajes y torpezas inconfesables. Inconfesables, más que nada, porque sus coetáneos ya no están para compartirlas y a quién le iba a contar esas batallitas con esas canas sobre sus ojos… Se ganaría irremisiblemente una credencial en el sector verde de la senectud.

Sonríe detrás de los dientes y una arruga sobre la ceja lo atestigua sin aspavientos. La vieja sabía reconocer ese gesto casi antes de que se produjera, pero ella, después de media vida juntos, también está criando malvas. Tenía que haberla quemado, al menos evitaría esa imagen petrificada, espectadora pertinaz de su insomnio. Siguió arrastrando sus zapatos al son de la grava, tendré que pasarles un buen cepillo, también a las costuras, sobre todo en las costuras.

El  parque reventaba de chillidos golpes balonazos reprimendas.  Visto desde lejos aquel avispero multicolor se antojaba un espectáculo entretenido. Al acercarse el sudor limpio y los ojos desbocados ponen a prueba sus reflejos y los mecanismos de columpios, rampas y ruletas con un trabajo calórico que le parece admirable y ajeno. Extrañamente nadie se desnuca. Un par de narices sangrantes a lo sumo. Nada que no puedan arreglar la colección de chupables, masticables, derretibles y demás artículos de absorción inmediata. Sus envoltorios parecen ir a juego con el calor, las bermudas de temporada, los estampados de las madres, las camisetas de los goleadores hasta el propio quiosquito y su poderoso patrocinador. El anciano titubea, invisible para cualquiera de aquellos mediometros, el más pequeño de ellos  podría ser su nieto y acercarse a contarle alguna proeza singular. Una nube de polvo se levanta de repente con la llegada de los ciclistas y nubla el campo de batalla que bulle ante sus ojos miopes.

Para la tristeza de la vieja los nietos no pudieron llegar porque nunca llegaron los hijos, a decir verdad él no los echaba en falta. Es difícil extrañar algo que nunca ha existido, quizá al ver las criaturas ajenas haya sentido una punzada de nostalgia vacía, quizá no fuera más que una convención que gira cada vez más lejos de uno con los años y se recuerda como un camino posible, que terminará simplemente molestando por irrealizable. Es la segunda vez que te acuerdas de ella en una hora, te estás poniendo viejo Pablo. Tiene gracia al final solamente te lo escucharás a ti mismo. El verano terminará hastiándonos y el otoño nos recordará el listón de fin de año. Sin duda, el viejo aparenta tener nervio de sobra para recibir el frío y con él la gente adornada con lanas mullidas, con gorro y plumas, con cuero brillante como si se enfundaran dentro de un pelaje de invierno que tampoco deja de ser un reclamo para el otro: El cisne también surcará el agua entre orillas de barro.

El viudo no mira tan lejos, no puede pensar en las estaciones como una renovación,  para él es cuestión de supervivencia. Paso a paso, día a día tarde a noche. Se encamina a casa. Lo espera la sombra y el vino, a estas alturas el único amigo que le queda. Se sienta bajo la parra y vuelve a revisar sus zapatos, sobre todo las costuras. El olor del corcho indica salud. Las copas se espigan muy sucias, excepto una y el queso luce demasiado seco para aguantar hasta el fin de semana. Con la alerta de la visita al supermercado inyectándole una pereza infinita, se sirve con alegría haciendo sonar el líquido contra el cristal. Qué pocos goces me quedan en la sangre. Gira la peana con destreza y ve correr el rojo haciendo de él un remolino fragante.  El temblor de su mano se junta con el de sus labios y el vino cae en su boca mansamente como un aceite mineral. Piensa que quizá este universo de la mesa es de las cosas que menos han cambiado a lo largo de las últimas décadas mientras el mundo se ha llenado de botones y pantallas.

Posa la cabeza en la base de la viña y alarga la mirada calculando la caída del sol, en esa época se dilata, se empecina en irse al norte. Llegará hasta las rocas del otero y volverá tan rápido como llegó. Nota un calor incipiente en las sienes y la boca salada, se incorpora enérgico haciendo crujir la corteza quemada del pan. Sin darse cuenta la copa está vacía y las flores de su vientre parecen mojarse de juventud. Los recuerdos se encadenan, parecen propiciar el instante, traen semillas insospechadas para cantarle al ahora y olvidar el mañana.

¿Chin chin?

Mañana volveré a beber solo.

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