La misma sangre

 

Con varios minutos de retraso sobre el horario de apertura, Jaime se metió con los gemelos en el parque de bolas. Llovía con furia. Eran las cinco de la tarde, o las 17 06 para ser más preciso, de la tarde de un fin de semana de Noviembre y su cerebro sobrellevaba como podía un bajón provocado por alcaloides de tercera mano, güisqui azucarado y falta de descanso.

El calor acumulado en el local le produjo una retahíla de escalofríos que le hicieron dudar acerca de la conveniencia de sacarse la sudadera. El olor pegadizo a afterauer sin fregar y la sospecha de llevar una camiseta demasiado arrugada le hicieron desistir de su necesidad de corriente axilar. Todo a su alrededor destilaba familia, petit cherie, jerséis de estreno y una mampara de normalidad que definitivamente era amplificada por su mente.

La zambullida de los niños en la masa multicolor de las esferas de plástico le infundió una sensación de tregua en la supervisión infantil. Se relajó, de alguna manera delegaba responsabilidades en el personal de la ludoteca y podía dedicarse un rato a la contemplación pasiva de su entorno, que es lo que hubiera hecho en el plasma de su salón con una cocacola familiar sino tuviera a los dos diablos pidiendo guerra cerca de sus tímpanos. Buscó al pequeño para regalarle la última sonrisa – un tanto petrificada – de apoyo antes de buscar algún edulcorante para su riego neuronal.

Estos excesos te pasan factura a cierta edad. A lo hecho pecho se decía para espantar por enésima vez ciertos flashes degradantes de la noche anterior, caras rígidas, inodoros, vasos calientes oliendo a jabón… Mierda joder otra vez esta puta acidez, si le hubiese hecho caso a Nacho con lo del omeprazol ese. El esófago se retorcía apresado entre los pulmones como si quisiese escapar de aquel burbujeo urticante que subía desde el saco digestivo. Cómo se puede meter tanta porquería en el cuerpo, en el fondo nos va la marcha, no podemos esperar a que el tiempo nos destruya poco a poco, hay que acelerar, acelerar y el cerebro es un buen campo de tiro para probar los efectos pirotécnicos de lo que nos pongan a mano. Y claro, uno tiene el sí fácil y pasa lo que pasa, que te acostumbras hasta al veneno en tu misma sangre, como las ratas.

Tenía cuarenta y cinco minutos hasta que volvieran a salir de la jaula, se encaminó hacia la cafetería pero un bramido familiar lo alertó instintivamente, era uno de ellos. Le sobraba la chaqueta y que no me fuera que tenía que verlo bajando el macrotobogán. Me dejo la sudadera exigiéndome atención con los ojos abiertos. Antes de irme se me colgó del cuello como si fuese un perchero y mierdaa, apretó mi nariz maltrecha con una carcajada, simulando que se la había llevado entre los dedos. Quién cojones le enseñaría eso, probablemente yo. No sé que debió ver en mis ojos mientras mi autocontrol trabajaba para no blasfemar a grito pelao, que se dio media vuelta y se perdió en aquel laberinto de caucho arcoiris. Mientras recomponía la sensación de fragilidad de su tabique e intentaba ubicar visualmente al otro enano, Jaime recordó que se había olvidado de su merienda. Encontró solución en la bollería martínez sin cargo de conciencia. Su madre ya les martiriza con la fruta toda la semana.

Iba a encaminarse de nuevo hacia el cubo de cristal de la cafetería – el enemigo, compuesto por alaridos, sudor, golpes, y una mazamorra cromática mareante arreciaba en su furia rayando las cinco y media de la tarde -, pero algo le detuvo: una monitora angelical dosificaba el flujo de pequeños camicaces en lo alto de la rampa de ese supertobogán con el que su vástago le llevaba hinchando las pelotas toda la semana. Su camiseta, un tanto transpirada, su chándal fucsia ciñéndole los muslos y sobre todo sus pies balanceándose en el vacío con una candidez sólo comparable a los motivos de sus calcetines le traspasaron el occipital como una daga voraz. Estás enfermo Jaime, se dijo entre dientes mientras su imaginación derivaba hacia otras instantáneas donde la violencia parecía ejercer de combustible.

Es la resaca, tu mente está contaminada y por lo tanto sólo produce secreciones inmorales. Que le den por el orto a la moral, seguro que a mí me engendraron con un polvo brutal, se lo pasaron bomba y después, qué tranquilitos que se quedaron. Me voy a pegar una birra helada a ver si me abre el apetito, es que es normal que delire, sin meter nada al cuerpo que no fuera tóxico. En la barra del bar – menos mal – no todo eran parejas ataviadas de cortefiel impoluto y maneras decorosas, dando continuamente instrucciones para evitar bofetadas o acrobacias excesivas de su manada. Aquel también era refugio de futboleros y solitarios que se amparaban en aquel trajín para romper el largo silencio dominical. Jaime se vio en ese espejo en diez años, cuando sus hijos pasasen de él y se fueran con sus colegas a fumar.

Engulló, sin mirarlo, un bocadillo cuya mayor cualidad era que estaba caliente, los últimos trozos se hicieron mas densos, debía ser el queso que ya excedía su capacidad de asimilar grasa, o la calidad de su saliva que ya no lograba lubricar aquella masa de dudoso origen. La camarera lo miró dos veces, se lo explicó por esa complicidad de noctámbulos incorregibles que no se puede ocultar en los ojos.

Seis en punto, vamos chavales, sí ya se hizo de noche y aún encima llueve, no os peleéis cojones, ya, ya, entra tú primero y tú me das la tarjeta del garaje. Jaime se metió en el coche con las piernas cansadas. Le reconfortó el calor, la radio, la promesa de renovación de un largo sueño antes del lunes. Lunes, por qué te acordaste, se sintió sin fuerza para afrontar un día de trabajo. Tener que poner la cara, aguantar a toda esa mierda de gente y su jodido discurso mientras dan vueltas alrededor de las perchas y no compran nada. ¿Sí bonito? Una canción, no se me ocurre ninguna, dormir un poquito anda. Hijo de puta, baja las luces cabrón. La lluvia caía mansa sobre el metrónomo del limpiaparabrisas y Jaime subió la radio para combatir ese zumbido en los oídos que parecía llegar de lejos para apoderarse del agujero de su silencio. Antes sólo surgía en la quietud de la noche, sin embargo últimamente lo encontraba sin previo aviso. GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLLLL en la Rosaleda. ¿Fue Iniesta papi? No hijo esta vez no.

Salió de la circunvalación y la carretera brilló bajo las farolas con su patente de grasa. Diluvia, no se ve quien va dentro de los coches, el agua lo invade todo, vuelve a subir desde el asfalto, difumina los contornos de neón, arrastra las piltrafas en las aceras, envía a Jaime a la búsqueda de un sumidero. Éstos deben estar fritos, Joder, y ahora se me espabilan y me la lían hasta las tantas, y hoy no tengo paciencia, no tengo paciencia. Sí, ya sé, no me agoté haciendo futin. Varias fotografías nocturnas reaparecieron para atacarlo. Aceleró para escapar, sus axilas acompañaron su pulso. Siempre la cago, necesito dormir, dormir no soluciona nada. Crees que vas a estar más fuerte o simplemente a aletargar el cerebro con unas capas de olvido. Apuró el semáforo con violencia. Para soltar la tensión se estiró respirando profundamente. Sus manos buscaron alivio en la nuca. Sobresaltado notó el contacto frágil de una mano, uno de los pequeños no estaba dormido, se estremeció mientras le apretaba el pulgar en silencio. Dilató lo que pudo la reanudación de la marcha mientras su cerebro esbozaba un pensamiento sin contorno preciso, la primavera sólo tiene sentido después del invierno.

La pizza, los colacaos, la goleada de su equipo, todo semejaba haber ocurrido sin su voluntad, como si un engranaje hubiera concatenado las rutinas de final del día en ausencia de su motor. Eso es lo que quiso recomponer cuando su labrador le lamió los morros y se encontró con la teletienda haciendo su trabajo con un brío impropio de esas horas. El silencio absoluto le infundió tranquilidad, sus criaturas descansaban profundamente. Sin quitarse los calcetines se encogió en la cama amparándose en el calor de la nórdica. Todavía le dolían las piernas, el insomnio descansaría lejos de su cabecera. En la oscuridad, el abismo de su mente se acompasaba con la respiración imperceptible de sus hijos. Aquella noche, después de espantar a media docena de monitoras ataviadas cándidamente y bien dotadas para la puericultura, Jaime durmió colgado de una mano minúscula que parecía contener la vuelta a la infancia y su dulce inconsciencia.

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