Después de…

Después de 25 años de sexo, drogas y rock and roll, estoy hasta los cojones. No ya de tararear por enésima vez Simpathy For The Devil, que también. Si no y sobre todo, de aguantarme a mí mismo. Hasta la corona de buscar estímulos para mi mente, de tanta vida social duplicada, de expandir mis pulmones al límite, de levantarle la falda a la moral, de hacer la mochila, de deshacerla, de volver a atarme los zapatos, de hacer desayunos escolares, de cambiar cuadros de sitio, de producir esperma.

Mi tubo digestivo está exhausto después de procesar miles de cadáveres mojados en alcohol, de expulsar sus detritos y todavía tener hambre.

La pregunta, después de estas bodas de plata largas apurando la juventud es ¿y ahora qué? Habrá que reinventarse para afrontar la segunda entrega de la existencia, pero en el fondo, esto de los largos paseos, la meditación, el magreo al mando a distancia, la berlina automática, la horticultura alternativa, los cruceros en sandalias… pues no sé, no lo veo todavía. Llegará como un paso biológico, pero más adelante, quizá cuando se casen mis hijos.

Así pues, transito en tierra de nadie, buscando (no soy el único, no disimuléis) algo que me redima de los años, los sinsabores, la astenia otoñal, el deseo fugitivo. ¿Se os ocurre algo que no sea anestesiar nuestra mente para no pensar en ello? Posiblemente lo mejor sea eso. Que estas preguntas son un coro silencioso e insatisfecho acerca de lo que nos queda por vivir.

Por el momento, la música nos acompaña, nos lleva, nos mece, nos diluye la vista cansada y la sangre sueña de nuevo con su inocencia.

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