El portal del monóculo

Quién lo iba a decir, tras el parapeto de tu pantalla me he encontrado contigo – idealista de veinte años ha – comido por las premisas matutinas. Cuánta energía, cuánto candor le entregas al circo social sin lograr recompensa por ello, oh, debes levantarte hoy también para encararte contigo y comprobar de nuevo dónde te has metido.

Al menos nos queda esta maraña de lianas virtualmente efímeras – amnésicas – para afirmar que nos queda algo ¿especial? que decir, quizá esa palabra pueda resumir nuestra necesidad de autoengaño para no admitir que nuestra vida está compuesta por cosas susceptibles de calificar como antiespeciales: has conseguido ser un fracasado del sado, un tibio mitómano, un nostálgico sin canas, un espadachín de la ética, cualquier lorito miope a la espera de hecatombes que comentar. Un ser humano tan previsible en sus vicios que ha dejado de leer por propio escepticismo. Te has convertido en un alma tan cordial, tan acolchada con tu entorno, con tu espejo… . La sangre – te mareas al imaginarla – no es más que un artículo solidario en tus venas, consumidas por no consumir, mudas, casi ajenas.

Un mail, esbozas una caricia, un guiño intelectual, sólo te falta sonreír en tu foto de presentación para que se termine de notar que estás pidiendo algo – los libros que te lo ofertaban han dejado de tener efecto, como las pastillas que te dieron por no reconocer tu voz – , hoy te bastaría con un “hola estoy aquí” para creer que te han escuchado y que quizá lleguen a comprenderte en el futuro, te daría fuerzas: la esperanza es una máquina eficaz a la hora de dar largas a la desolación.

Enciende la tele, es más sencillo que apagarla y no tener gente trabajando para ti, además – la soberbia te conforta miserablemente – te siguen recordando que hay algo especial que no está ahí pero que tú tienes. Lo venderías si pudieses, no por dinero aunque todo tiene su valor…lo harías por aportar algo a los demás. Te preguntarían por ello cuando salieses del portal y les repetirías lo mismo, hasta que la verdad en la que un día creíste se convierta en mentira y no puedas salir de ella.

La pantalla es el biombo perfecto para el voyeur y tus variantes en las coordenadas de la forma, el color y la proporción, de la carne y las ideas son insaciables, perversas, patológicas. El portal del monóculo te tiene entre sus entretienes. Puedes escribir algo crudo y bello – cualquier cosa sirve cuando tu mente también huele a excrecencia – e intentar esquivar el zarpazo de la moral. Quizá te anestesie y puedas dormir, quizá descorche tu lagrimal.

No luches, déjate vencer por la comodidad, la gula y el miedo, nos dará un lastre real para pulsar las letras y articular algo con cierta cadencia y sentido incierto. Un jadeo más cayendo en la red.

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