Cosas mías

La verdad es que siempre he guardado cosas para mí solo. Verdades de un cojo. Me daba la impresión de que no merecía la pena contarlas ya que parecen orientadas a conmover. No hay peor castigo que alguien escuche tu verdad sin interés, con cara de circunstancias. Supongo que la gente que me rodeaba me aventajaba en alegría y tampoco era plan de sofocarle el ánimo con letanías o pintándole la vida más cruda de lo que la concibe. Sin embargo, así es la realidad, cárnica y hermosa.

De chaval estaba en palmitas, de puertas a dentro me refiero, siempre hubo un tacto, un colchón de tolerancia. Fuera era diferente, mis compañeros eran crueles o juguetones, depende del lugar donde te pongas. Cada mañana el colegio era mi combate. A mi alrededor los líderes, los rebeldes, los osados, la mayoría de buen corazón, pero dejándose llevar por la carcajada burlona que tiene su sentido en la manada. Era más divertido un juguete móvil (aunque no demasiado) y vivo como yo, que los trompos o las canicas que no se quejaban ni les perseguían. Temían acercarse a mí, no por mi fuerza ni mi habilidad, si no por el resentimiento que adivinaban en mi interior cuando corrían después de empujarme por la espalda o pisar intencionadamente algún charco para que me alcanzaran sus sucias aguas.

Cuando decidí abandonar el uso de las uñas por sus connotaciones femeninas y lo que ello acarreaba en la pandilla, desarrollé una gran habilidad para escupir a gran distancia y amortiguar un poco mi falta de defensas. Me acorralaban a cinco o seis metros, tanteando las distancias seguras para poder huir con garantías. Esa emoción que le provocaban mis acometidas, que les hacía reírse nerviosamente, que les aceleraba el corazón de súbito, les hacía volver una y otra vez. Allí hice mis mejores amigos,  nunca les recuerdo que en aquella época me escupieran, sé que me aprecian y es mejor dejar la ropa sucia donde no se pueda ver aunque al final siempre acaba oliendo. Yo también les aprecio, pero inevitablemente la asimetría de mi condición siempre estuvo ahí. En estos casos es tan complicado ponerse en el lugar del otro. Veo a Luis, se levanta como un relámpago, se mueve ágil, baila deslizándose alrededor de las mujeres. Yo por mi parte margino esa frustración, pero como un cascabel que llevara en mi tobillo me acompaña. Y así siembro el olvido.

Volqué mi vida en el estudio, en los juegos de mesa, en la lectura, pero mi natural no me permitió sobresalir. Este era mi objetivo, la leyenda en la que me acostaba cada noche, después de ayudar a subir mi pierna a la cama. Ya que mi físico es deficiente, destacaré por otras facultades, provocaré interés en las personas por mi cultura, mi ingenio, o mi agradable forma de ser. Pero ni eso, ni memorioso, ni simpático. Me consideran agrio, distante en ocasiones, incluso en mi familia. Paseo solitario, despacio. ¿Qué se ve? Un viejo cojo, eso es, un cojo, su vida será difícil, si, supongo. Ya fue peor, ahora ando despacio, pero los viejos como yo también andan despacio y se mueven con dificultad. El tiempo corre a mi favor. No digas estupideces. El fracaso es no haber pasado de ser un gris profesional. He dedicado tanto esfuerzo por mí y por ganar el respeto de todos y al final acabé como profesor de informática en una academia de barrio. Soñaba con programar, con innovar, con triunfar. Pero donde no hay, no se puede buscar. Pero ya fue peor o eso quiero creer.

Buceo en mi juventud, estábamos en plenitud, los años de la alegría, la despreocupación, el desenfado. Yo disfrutaba viendo reír a mis amigos y ellos también disfrutaban de algún modo al verme participe de sus correrías. Supongo que el altruismo es un almíbar ideal para las conciencias. Eran atentos conmigo para reservarme asiento, para esperarme, pero su vitalidad les impulsaba a andar, a retarse, a saltar, Todo aquello que intentaban maquillar ante mis ojos como si fuera un tema tabú, como si hubiera diversiones prohibidas que evidenciaran mi cojera, como si ya lo hubieran hablado antes y se esforzaran por cumplirlo. Pero yo lo notaba, lo notaba todo. Borrachos corrían por las calles, subiéndose encima de los coches. Al principio yo intentaba seguirles sudoroso. Algo descolgado de su diversión, pero agradecido de estar allí y no inmóvil en casa. Jamás les hubiera gritado esperarme por no estropearles ese momento. Prescindí del alcohol después de unas escenas embarazosas para ellos y también para mí en las que lloré mi desgracia. El tiempo pasaba y sentía como algo se escapaba. Observaba como levantaban el vaso, observaba sus flirteos. Observaba su proyección en la vida, me observaba a mí mismo. Observaba lo que más fácil puedo observar, mi pierna tullida, mi pesadilla. Cuantas veces me digo pudo ser peor. Una silla de ruedas, estar ciego. Pero también pudo ser mejor. Una vida normal, feliz. Una mujer, un amor sincero, sin compasión, unos recuerdos que me ayudarían a envejecer, sin esta expresión dura y rígida que esconde el dolor reprimido en el corcho de mi lagrimal. Supongo que cualquiera se lo repite alguna vez. Pudo ser peor.

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