La cuneta

Si aquella noche no hubieras resbalado hasta los límites
de una curva, como cualquier grava arrastrada por la inercia,
tumbado en el silencio con las heridas ardiendo
nunca hubieras visto que hay en la cuneta.
No encontré nada extraordinario
apenas un rosario de huellas inservibles
mimetizadas por la intemperie.
El viento dominante las siembra en el arcén
son las sobras de la velocidad
inmóviles
esperan el sol, la escarcha, las horas de quietud,
como espera un recluso de su ventana lo único que le puede ofrecer.

Es un hogar como otro cualquiera
con más distracciones quizá en ciertos momentos
por el movimiento continuo de sus visitantes
pero nunca paran
en la cuneta no hay lugar para el encuentro
es un margen, un pestañeo fugaz del pasajero.
Nadie se detiene a examinar su paisaje minúsculo
derramado por el asfalto, oculto por el humo transformado en polvo.
El borde confuso de la calzada está ahí, cercano,
con su frontera invasora de hierbas. ¿Quién come a quién?
Parece que el alquitrán a la larga lleva las de perder.

Toda esa legión de detritos aguardan
un derrape para cruzar a la tierra y dar la espalda a la carretera
como sino hubiesen salido de ella.
No se dan cuenta que en la otra orilla de la cuneta
no dejarían de estar ahí
siendo cuneta del otro lado.

¡Taxi, sáqueme de aquí!
Es una broma recurrente bajo el quita-miedos
una de esas bromas que no lo son tanto
porque te hacen pensar en ella cuando la risa se ha terminado
y el autoestopista vuelve a toparse con la indiferencia del vidrio
brillando como un espejo.
De pronto, el tráfico cesa
y el calor del mediodía parece desafiar el firme
y su pretencioso título,
el olor condensa a todos sus habitantes
su complejo de residuo sale a la luz del verano.
Todo parece menguar bajo el sol
convertirse en playa metamórfica
exacerbadamente urbana
bajo un perfume a gasolina decadente y seductor.

El silencio, al prolongarse en la cuneta,
va cogiendo la densidad de un fantasma
parece erguirse una amenaza entre el vacío.
No hagas caso
es el temor a convertirse en carretera cortada
y no tener retorno
o al menos su remota posibilidad:
un motor lejano.

De nuevo silencio.

Aún se recuerda la funesta llegada
de aquellas semillas
– tan perfectas –
y su promesa antigua de vida
en el suelo negro
condenadas a fermentar como si fueran las hojas de octubre
desintegrándose
dejando su poso infecundo sobre el petróleo tibio.

Éste es un hábitat de otra naturaleza.
Los restos de una colisión conforman un jardín
de plástico desgarrado,
la sangre se secó y los envoltorios desteñidos
de artículos masticables ya no nos remiten a su origen.
Pero todos siguen ahí
los papeles destripando su fibra
las bolsas deshilachadas
una multitud de trazas de goma
haciéndose invisibles.
Todo tiende a caminar despacio
hacia las cuñas de evacuación
pero tan lento,
tarda tanto el viento cuando se le espera.

Un día la vida estuvo encima de esas ruedas
corriendo hacia algún lado
arrojando por la ventana cosas inútiles
fáciles de olvidar
que se quedan ahí, mudas
reptando imperceptiblemente bajo el río mecánico
que corre y se aferra al pico de las horas
que corre y nunca se detiene
pero es que aquí
si no es por accidente
nunca se detiene nadie.

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