Pero me pasó a mí

Corría y corría sin parar gritando por la orilla, espoleado por mi persecución.  Entonces giraba bruscamente y yo, amagando un resbalón, caía en la arena para salir de nuevo cerca de sus pasos, lo cual lo excitaba aún más arrancándole una risa nerviosa que se convertía en alaridos a medida que me aproximaba.  La tarde, pese a la humedad que desprendía el océano, era espléndida.  La ausencia de viento y las nubes altas nos permitían ubicar el faro, los acantilados y los islotes negros formando  un escenario nítido donde el mar respiraba dócil, como una gran masa oleosa que multiplicara la luz al infinito.

A él no le gustaba que lo grabáramos, supongo que posar no era lo suyo, pero a Cristina y a mí nos agradaba registrar aquellos momentos con la naturaleza como protagonista y nosotros como sus invitados dentro de aquel magnífico panorama, descubriendo sus pequeños tesoros y posibilidades.  Él siempre volvía a casa con alguna concha, piedra o semilla para añadir a la colección de regalos gratuitos que alertaban su curiosidad e iba acumulando en su habitación.

Yo le había comprado un faro colorido en miniatura, dos maquetas de barcos y un hermoso colgante de gaviotas que se mecían mansamente desde el techo sobre aquella marina doméstica, la cual alimentaba su imaginación y el material de mis relatos nocturnos para abrirle la puerta al sueño cada noche.  Aquel obsequio de la tecnología que era poder reproducir meses después esos ratos de libertad sobre la playa, y disfrutar del paso del tiempo con una dulce resignación se había vuelto un arma despiadada desde su ausencia.  Cristina no es capaz de ponerse frente a la pantalla, dice que todavía no está preparada y no sabe si alguna vez lo estará.  La entiendo, el dolor es una lágrima de acero, dentro, quemando con su frialdad todo el cuerpo, paralizando los miembros, las ideas, el modo de volver a ver el mundo.

Yo he de confesar que a veces, después de tomarme un par de tragos como anestesia, me siento frente al televisor, pulso el botón y todo es tan vívido y tan real que se me olvida que un día se pudo acabar, entonces es fácil llorar y me compadezco con la excusa de que es una manera de mantenerlo vivo.   Es fácil llorar y beber, beber para poder dormir.  Supongo que es mejor que las pastillas de Cris, o quiero suponerlo, no lo sé. Sólo sé que la vida sigue, o eso dicen los que nunca han perdido a un hijo así, bruscamente, de un día para otro, y todo consuelo te parece una burda excusa para mantenerte engañado momentáneamente al menos.

Cris y yo nos vimos por primera vez en Angkor, éramos dos viajeros solitarios de orígenes muy dispares, por lo tanto también supuso un pequeño viaje el conocernos mutuamente y comprobar que en la selección que hacía cada uno de lo que valía la pena contar de su lugar de procedencia había una sensibilidad muy afín.  Se fijaba en pequeños detalles que decían mucho de la mirada personal, de lo que era significativo y reseñable al margen de la cultura global que impepinablemente nos hermanaba.  Yo achaqué esta sintonía a la magia del encuentro a la sombra del templo de Bayón un atardecer neblinoso, a lo que se añadían un par de semanas de abstinencia sexual que seguramente contribuían a que esa aproximación se vistiera de luces y fragancias exóticas.

Nuestros rumbos estaban abiertos, así que decidimos juntar nuestras mochilas y encaminarnos hacia la costa de Tailandia (he de confesar que esa idea ya estaba en mi plan de ruta, así que me arrogué el papel de guía con una actitud de viajero curtido que supongo que alimentaba mi ego y mi confianza ante una persona a la que sin motivo aparente quería agradar en todo momento).  Recorrimos las islas, deslumbrados por las agujas de piedra que se levantaban imponentes entre múltiples bahías donde echarse a descansar.  Las aguas verdosas, el manto de la selva detrás de las cabañas de paja y bambú, todo era una postal de ensueño desde el barco.  En cuanto nos bajamos, siguiendo mi olfato de la Quadra-Salcedo, nos dimos cuenta de que no era posible dejar de escuchar a cientos de turistas chapoteando de día y dando graznidos de noche.  Esta percepción posiblemente venía condicionada por Cris, porque lo cierto es que había estado rodeado de gente desde que llegué al sudeste de Asia, pero en ese instante comprendí que no necesitábamos quedarnos perplejos con el paisaje ni fundirnos con una torre de babel buscando el paraíso para degradarlo con la misma cara en todas las fotografías.   Sólo era preciso silencio, detenerse para mirarnos con calma antes de volver a dirigir la mirada al horizonte y caminar juntos.

Ahora no somos capaces de hacer ni una cosa ni la otra.  Todo se ha caído, se ha roto de repente y no podemos vernos a los ojos sin avivar ese dolor infinito que conlleva una perdida así, tan injusta, tan devastadora.  Era tan frágil.  En aquella isla tus ojos me desnudaron, desarmaron mis máscaras con la terca naturalidad de la pausa, de dejar que yo mismo respondiera a mis presuntuosas peroratas.  La información no te impresionaba, un currículum tampoco, un juego infantil en la arena en cambio te sacaba luz a la sonrisa y libertad en el cuerpo.  El cuerpo, tu manera de pulsar mi cuerpo, ese lenguaje era simple e inequívoco. Definitivamente irrenunciable.

El viernes se ha terminado, todo el mundo corre hacia sus casas buscando refugio.  La previsión del tiempo es mala para el fin de semana. Para mí es indiferente.  En una hora llegará Cris, cenaremos en silencio.   Creo que voy a solicitar trabajar los sábados, al menos durante una temporada. Enciendo la radio.  El volumen no llega a convertirse en una voz clara: apenas un murmullo de vecindario.  Debería comprarme unos zapatos para el invierno.  Debería hacer tantas cosas.

Suenan las llaves. Los pasos, el bolso, el saludo indolente. Los cajones,  las escaleras, el armario, las escaleras de nuevo.  Esta noche tengo los nervios a flor de piel.  Creo que hoy tomaré la pastilla y me acostaré temprano.  Abrimos una botella de vino, masticamos alguna trivialidad en comentarios cortos.  Subo un punto la radio: suenan demasiado los cubiertos en el plato.  Tus manos son un sarmiento de huesos. Relleno las copas sin demasiada delicadeza, los cortes comerciales se dedican a anticipar la navidad.  Sí, lo sé, habrá que hablar de ello en algún momento, pero seguro que éste no es. Qué cojones me importan a mí ahora los reyes magos y su puta estrella.  Tus ojos están fijos en el plato, seguro que estás recordándolo ahí, debajo del árbol.  Con sus manos ágiles rompiendo el papel de regalo y sus chispas en los ojos.  Intentas espantar esas imágenes diciéndome que va a llover mañana y por dios Cris, no puedo verte, ten la boca cerrada, tu dentadura es idéntica a la suya.  No digo nada, lleno mi copa y vacío mi plato. Hoy tampoco has comido nada. Estoy cansado, me voy al salón.  La próxima semana hay que ir juntos a la consulta, ya sabes lo que nos recomendaron en el hospital.  Bajas la cabeza, asientes sin mover un músculo facial y preparas tus pastillas como triste conclusión a nuestro intercambio.  De fuera llega un rumor, ha comenzado a llover con alegría, la furia puede convertirse a veces en una compañera.

La llegada de nuestro hijo fue absolutamente inesperada, me consideraba un experto en la marcha atrás (avalado por lustros de éxito improductivo) así que en el momento que llegaron los retrasos buscamos otras explicaciones para no afrontar esa posibilidad.  Ya vivíamos juntos: un diseñador gráfico no necesita moverse de su casa demasiado para hacer su trabajo, por lo tanto da igual dónde esté su casa, y la verdad la de Cris (techos altos, luminosa, con solera) era perfecta.  Además estaba el mar.

Pues eso que cuando el predictor nos dio un bofetón en toda la cara invitándonos a tomar una decisión, nos miramos y no podía ser de otro modo, el resto sería buscar excusas para evadir lo que la vida nos ofrecía de un modo sencillo y retador, poner a prueba nuestra naturaleza, nuestro carácter, la belleza infinita de regalarnos de nuevo la inocencia.  Y después llegaron aquellos años, viéndole crecer vigorosamente, con los ojos y los oídos dispuestos para la fantasía.  Con su madre entregada a aquella nueva vida incondicionalmente.  La costa era nuestro patio de juegos, el viento era la banda sonora, el mar nuestra fábrica de sueños.  La parábola del universo y su perpetuo movimiento, que más se podía pedir.  Cris dejó de trabajar, yo conseguí nuevos clientes sin mucha dificultad.  Los días transcurrían como el rosario de la cola de una cometa, una mullida dulzura nos recorría el cuerpo. La vida puede llegar a ser sencilla, parecía que unos raíles nos guiaban a salvo de la intemperie.  Su cuerpo medraba alegre y desafiante, su paso aplomado se recreaba en las volteretas.  La inercia y el balance llegaron a ser sus compañeros de juegos, sus hermanos ausentes.  Su mente a veces expresaba ocurrencias, inquietudes, relaciones particulares entre categorías del mundo y Cris y yo disfrutábamos mucho observando que la semilla de nuestros valores iba incorporándose a la pureza de su mirada, como decía, la existencia parecía tener sentido.

Todo sucedió una tarde, un día de otoño en el que el suroeste comienza a anunciar que tendremos varios meses pródigos en lluvia y humedad, las dunas ya no servían de paravientos para los turistas.  Ningún color estival violentaba sus crestas repetidas hacia el horizonte.  Sólo aquellos mechones de paja salteados que castigaba la brisa le daban algo de movimiento al paisaje, el mar se erizaba inquieto, gris.  En esa hora en la que la marea baja parece contenerse como si tirasen de ella para no dejarla venir, hasta que no pudieran sujetarla más y volviese a llenar la bahía.

Él iba delante de mí, con su impermeable rojo y sus pantalones flojos “estilo comando” como decía él, de camuflaje verde.  Buscaba los ápices más altos en la arena para impulsarse hacia arriba y dejar que el viento lo zarandease un segundo antes de caer en las hoyas que a veces le servían de escondite.  Continuó el camino hacia los acantilados ese día.  Yo, después de una siesta a todas luces inmerecida no tenía cuerpo para seguir su ritmo.  Se estaba convirtiendo en un fondista precoz, sus piernas eran dos bastones macizos y redondeados que se iban alargando paulatinamente.  Por sus pies hubiera llegado a medir…qué más da ahora.  Llegamos a aquella zona de senderos entre los tojos y el brezo, el aire se intensificó repentinamente.  Troté hacia él.  Me detuve. Un velero de estampa desconocida se escoraba con la proa hacia el mar abierto.  Le llamé para que me esperara. El abrió los brazos imitando a las gaviotas.  Mi voz se la tragó la brisa.  Al llegar al mirador todo sucedió muy rápido, corrió para vencer al viento, cuando quiso frenar resbaló y por no caerse se fue un par de metros intentando asentarse sobre sus pies.  Cuando parecía incorporarse una ráfaga hizo el resto.  Yo sabía exactamente donde estaba la grieta, su profundidad.  Lo vi todo, tan lento y tan rápido.  Mis ojos intentando sostenerlo, mis brazos que no podían salirse de mi cuerpo.  Su cara horrorizada sabiendo que se iba al vacío.   Su giro buscando una última mirada y ya está, el horror encaramado a un grito interminable.  Su cuerpito estaba allí, veinticinco metros más abajo.  Un muñeco descoyuntado.  Nuestro hijo había muerto.

De los siguientes días o semanas, no podría precisarlo, sólo tengo una memoria más que nada corporal (supongo que la mente con los ansiolíticos se dedica a archivar el inventario emocional) y es la rigidez.  Recuerdo los brazos que me rodeaban, los cuerpos que intentaban trasmitir cierto calor, cierta proximidad.  No era más que un desfile absurdo de rostros intentando obtener una respuesta a su presencia y a sus palabras, a sus labios temblorosos, a su mirada inútil.  A Cris la hospitalizaron con un cuadro de ansiedad y abatimiento severo, fueron diez o doce días en los que su familia logró hacerme sentir extraño.  Pero yo sé lo que pasó, aunque hubiera estado unos pocos pasos detrás de él hubiera ocurrido lo mismo, si se dejara caer cuando resbaló, yo sé lo que pasó.  Lo hacen porque es su hija y porque cualquier argumento suele ayudar a llenar el vacío, el silencio de la devastación.

Lo que sí recuerdo con lucidez es el día que Cris salió del hospital. La fui a recoger, me despedí de sus padres con una neutra cortesía y nos fuimos a casa como dos autómatas haciendo su trabajo.  Aparcamos, cogí su bolso y penetramos en un espacio donde todos los sonidos semejaban tener una segunda voz o un timbre más largo de lo habitual.  El último fue el de las llaves sobre la mesa una vez que nos sentamos.  Los dos nos orientamos hacia la ventana.  Me hubiera gustado que lloviera, que se acercara un pájaro, que el vecino enredara en su jardín.  Sin nada que añadir (¿del futuro?) cualquier trivialidad ensuciaría lo único que teníamos en nuestra mano, el silencio.  Aquella casa desbordaba silencio, se expandía con una densidad que dolía respirar.  Los dos sabíamos que aquello era un comienzo.  El comienzo de algo largo, frío e íntimo, sin duda para siempre.  Aparté los ojos de la ventana y ahí estaban todos esos objetos familiarmente dispuestos, su presencia no aportaba nada, era todo tan absurdo.  Parecía una triste bancada de comparecientes a un velatorio mirando sin expresión alguna, musitando en voz baja desde el fondo de su tristeza cualquier cosa intrascendente. Aquel extraño velero continuaba escorándose sin un rumbo marcado. Le pudo pasar a cualquiera.

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