Claroscuro

Ángel, como la mayoría de los bohemios, necesitaba del velo de la noche para ejercitar su oficio.

Era verano, el sol tardaba en tenderse al final de su arco. Los vampiros (le gustaba repetir), al igual que yo en esta época se revuelven de impaciencia en sus ataúdes. Mientras tanto, las terrazas se vaciaban de niños, de salitre y sobre todo de esa alegría inconsciente que proporciona el sol y que él rechazaba con ferocidad más que nada por no poder experimentarla ni compartirla.

Le dio un par de vueltas a la nevera en plan pasatiempos, pero ésta, huérfana de abastos desde que conoció a su dueño, sólo le ofreció un espejo de su desidia por regalarse a sí mismo porciones de naturaleza. Vegetales en descomposición, yogures y patés caducados, algún refresco gasificante, dos o tres huevos y una botella de martini acostada sobre la bandeja principal presidiendo el rancio sumario.

Fracasada esa iniciativa para matar los nervios, Ángel salió buscando calles tomadas por la sombra y el despoblamiento.

Ya no recuerda por qué ni cómo comenzó este camino noctámbulo, apenas vislumbraba en el tubo de la memoria un par de escenarios de su instrucción en el mundo de los espumosos, fermentos y destilados. Lo único que podía reconstruir con cierta precisión de aquella etapa de aprendizaje eran cuatro o cinco batallitas con algunas imágenes disparatadas y con un nexo común: la espontaneidad, el disparate y el desacato al orden. Un antecedente vulgar en la juventud de cualquiera aunque, en este caso, significativo para su posterior deriva personal.

El hálito azafrán de las farolas maquilló su palidez. Con las primeras luces en los rótulos comerciales el pergamino sobre las cuencas de sus ojos se volvió opaco. Sopló la brisa anunciando la noche y Ángel sintió calor por primera vez ese día.

En su cabeza hay un rencor vago, una rabia ciega difícil de discernir. Quién comenzó las hostilidades: la sociedad lo despreció primero o fue él quien tomó la iniciativa y la desahució al percibir sus perversiones generalizadoras frente al individuo. Prefería vender la segunda opción y sus adláteres habituales lo secundaban en un coro solidario y por momentos monocorde: palmeros de barra y cristal.

Entró en la última cuesta, sus piernas enjutas se tensaron como madera vieja. Para driblar al esfuerzo buscó por donde empezar a chacharear aquella velada, sobre todo no hay que caer en lo de siempre, que al final parecemos jubilados comentando el telediario. La página se quedó en blanco, así a botepronto, normal, las cosas tienen que fluir, se dijo apoyándose en la idea de que ese flujo adquiriría una sustancia más lúbrica si un licor le ayudaba a deslenguar su corteza cerebral, su siguiente apoyo fue la puerta del bar.

Ángel aplicó su peso para mover aquella plancha de madera ancha, maciza, de gruesos listones horizontales: un umbral lo suficientemente sólido como para sellar la calle a sus espaldas y hundirse en eso que denominamos la noche y no tiene que ver ¿o sí? con un fenómeno astronómico diario.

Bajando las escaleras recibió el aroma rancio de aquellas paredes humeadas durante lustros, cuyo color era imposible de definir sino se hacía en relación a alguna fuente de luz artificial. Si el sol entrase un día -se imaginaba Ángel con un placer casi escatológico- desnudaría toda la inmundicia amparada en las sombras; rápidamente se integró a aquel olor para dejarlo de percibir como ajeno.

Avanzó en la penumbra, las lámparas aparecían distribuidas como pequeñas fogatas por el local, cada una de ellas con su vaho amarillo creaba un hogar independiente, pequeño, íntimo; ocultando la verdad de los rostros y las miradas. Forzó la mirada hacia el fondo del local intentando reconocer a alguien en un pequeño grupo. No lo logró. Después, cuando fuera al baño podría rascarse la curiosidad y fisgonear un rato de manera discreta.

La barra, negra y sólida, aparecía como un malecón férreo, un apoyo seguro para codos -algún abdomen orondo también-, vasos y ceniceros. Saludó al camarero sin aspavientos.  Un golpe de cuello fue la respuesta,  la escena –ahijada del western- no admitía más adorno que el necesario, la alharaca se la dejaban a los principiantes de la hora punta.

Pidió un trago y mientras el barman trabajaba con un ritmo seguro, se acomodó perchándose en una banqueta alta. Dejó su tabaco sobre la barra, aquello era un pretil seguro para los bebedores solitarios, un paisaje para distraerse en los silencios opacos de un bar: una vela colosal derretida sobre un plato de vidrio, una serpiente de neón, un bosque de botellas firmes, dispuestas a pasar revista con sus etiquetas ostentando edad y apellidos rancios, con sus barrigas refractando la luz en colores turbios, indescifrables, con sus cuellos acampanados espigándose para ser elegidos.

Recibió su trago con indiferencia. Girando la muñeca, amagó con mirar el reloj, agarró su vaso y preguntó de un modo casi retórico anticipándose a la respuesta:

-Y Beni y Juanito, ¿no estuvieron por aquí hace un rato?

El camarero se limitó a cabecear un segundo y proseguir con su tarea. Y eso que me vine un poco tarde conociendo a éstos. Prendió un cigarrillo e hizo tintinear el hielo sobre el cristal de modo imperceptible. Solo tampoco se estaba mal. Su cuerpo recibió el combinado con satisfacción. El humo ascendía en lentas volutas que se expandían por el techo y que, vistas a través del espejo, velaban la definición de la pared posterior. La música atrapó su atención, le pareció propicia para hacer bailar el humo, la aprobó con un gesto afirmativo con la cabeza que fuera visible para el camarero. En el fondo parecía seguir moviéndose algo, había bullicio, después vería quien…

-Qué pasa mickeyrourke. ¿Tienes una cita?

-¿Dónde os habíais metido par de canallas?

-En la de la vieja. – contestaron al unísono.

-Era de esperar –dijo orientando la voz hacia el camarero con tono de ya sabía yo.

-No te vayas a poner celosa ahora.

-Ponle algo de beber a estos maricas no vaya a ser que sigan hablando piedras.

-Si, dos copachos de balón, que con el tubito que lleva Angelito en ristre igual triunfamos tunai.

-Salud hermanos, para el dinero y el amor buscaros la vida hijos de puta.

Sus dos comparsas siguieron tirando de la madeja en la que venían enredados y el bohemio notó como crecía la algarabía a su alrededor, algo a menudo imperceptible a sus oídos. Creyó sentir el propio latido del tiempo y un vértigo extraño le invadió el pecho, frío como la negación continuada de su vida absurda. Giró la nuca para no entrar en el compadreo que se traían aquel par y dilatar un poco más ese silencio tan angustioso como íntimo. Era un momento de esos que no se comparten, que se van como llegaron y que exprimió con un trago largo para sellarlo en su amnesia inmediata o arrastrarlo como cualquier cosa por sus conductos estomacales. Se levantó entumecido por la posición.

-Voy al baño.

-¿Quieres que te acompañemos o qué?

Siguió estirando la columna a medida que se alejaba de su posición, ahora con la intención de aparecer erguido frente al grupo que poblaba la esquina y que seguía animado en sus voces y gestos. Sólo pudo apreciar, por simple discreción, a dos mujeres de melena contrastante y estampados orientales que se picaban mutuamente con mucho salero, dos diosas, se dijo.

Mientras cumplía con la vejiga, diseccionaba rutinariamente el azulejo circundante y sus hachazos cocainómanos, pero una de las voces lo despertó de esa revista cotidiana. Era una voz tan suya, tan envolvente y femenina que se percató de que cualquier frase dirigida a él lo desarmaría como un niño. ¡Qué mal andamos Ángel!. Salió dispuesto a radiografiar a la dueña de ese arrullo vocal y llevarse consigo esa imagen para saborearla en resacas venideras. No pudo ver nada, se armó un revuelo con la llegada de otra ronda y volvió a su banqueta remolcando las piernas con el oído a rastras por si acaso.

La gente llegaba y llegaba, con rastros de gel y coloretes estivales, las siguientes dos horas se diluyó en un remolino humano, confuso y alegre, lleno de saludos entregados y frases a medias. Con los vasos chocando, los estribillos reverberaban en las yugulares con despreocupación por el futuro.  En toda la escena la seducción y el exhibicionismo flotaban al ritmo de la música y de las verdades inconfesables a la luz del día. Ángel se hizo un hueco en la barra, sus amigos estaban particularmente repetitivos (por lo menos para él esa noche); las camisas, el maquillaje, las cabelleras brillantes, el carnaval del baile en los cuerpos, todo fluía pero… qué le pinchaba el alma, por qué no lograba sumergirse en el río de la inconsciencia y el olvido colectivo. Es la tía de la voz, me dejo picao. Fue hasta allí. Volvió a escucharla. Sí. Joder ya está, es clavadita a la de mi hermana Susana, y tú pringao rendido a cantos de sirena como si fuera el bálsamo postrero para tu puta vida. Deja el ron que te hace daño.

Un tanto sofocado cogió su vaso buscó la esquina de mayor ventilación, recordó a su hermana, sintió impulsos de llamarla y decirle que estaba ahí, que la quería y que casi no nos vemos y eso que vivimos cerca y ya y te coge el cuñadito preguntándote que qué coño de horas son estas con los niños en la cama y…qué le dices fenómeno, ah si bueno, que feliz cumpleaños atrasado.

La atmósfera se saturaba sin pausa, o encuentro una conversación o una sonrisa estimulante o las dos cosas o me retiro, es la típica hora para liarla y arrepentirse dos días. Se dio un garbeo apretado y volvió a la barra.

-¿Qué pasa joyitas? ¿Ya arreglasteis la crisis?

-En crisis estás tú pero permanentemente.

-Yo me largo tíos.

-No te digo yo. ¿Qué se te perdió por ahí, por la esquina?

-Nou comen chavales, bueno nos vemos. – Sabía que estos desmarques suelen ser embarazosos sobre todo para el desertor, con un alza de cejas supervisó el tráfico en la salida.

-No te hagas el interesante. Suelta. ¿Cómo está?

-Pff, imagínate, un sueño hecho realidad.

-Sí Angelito sigue soñando que cuando despiertes te vas a estampar. -Una risa hueca cerró la despedida sin más formalidades.

Pero qué gracia. Un par de encontronazos mal encajados en las escaleras certificaron la lasitud de su cuerpo, amortiguado por el ruido y el cubalibre caldeado. Gruñó. Buscó el aire de la calle estirando el cuello. No tiene ni puta gracia, es que… . Esquivó a un grupo de conocidos con un saludo lejano y giró cuesta abajo intentando recuperar sensaciones.
Dejándose ir su nariz partía la neblina estival que subía del mar. Es la típica frase que llega para quedarse, de ésas que se vuelven contra uno cuando estás vulnerable y no te la sacas de encima ni borracho. Sí, la soltó sin malicia, yo le di el pie…”un sueño (…) cuando te despiertes te vas a…” así que debo ser yo, que me llegan esas cosas. Sus pasos divagaban por las aceras sin alejarse del todo. Ángel aplazaba su vuelta a casa. Era una de esas noches de silencio donde las paredes de siempre se convierten en espejos y la desnudez se vuelve insoportable. Caminó hasta que el sudor acre sepultara cualquier atisbo de conciencia entre sus sábanas. Bajó los párpados con precaución. El amanecer deslumbrante anunciaba un largo día de verano al otro lado de las cortinas.

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